Estábamos con mi amiga Lisa
haciendo nada en particular y a intervalos comunicándonos nuestros antojos momentáneos,
como por ejemplo "tengo ganas de una paleta", "se me antojo un
pepino con sal y limón", "quiero un café", etc. Cuando de
repente, mientras sucedía un silencio entre nosotras, se me escurre de la boca
algo que no pensé en decir, dije: "me dieron ganas de
enamorarme". Lisa se río, pero enseguida me dio un poco la razón: "Pues
si, a veces dan ganas de enamorarse rico". Y continuamos sin hacer nada
mientras veíamos jugar a los niños a lo lejos.
Quería enamorarme. Quise
enamorarme. Se me antojo, por un momento “enamorarme”.
Ya me ha pasado antes que, de
repente me encuentro viendo una película romántica, escuchando una canción
ultra-melosa o viendo a una pareja de coscolinos adolescentes besándose
descuidadamente fuera de un zaguán y, se me antoja todo eso.
Mencionar esto a mi amiga abrió
más temas de conversación. Creo que ambas coincidimos en que amamos y nos
dedicamos a nuestra pequeña familia pero, de vez en cuando toda mujer tiene
esta necesidad de ser besada arrebatadoramente, de ser tratada como cristal
(osease con extrema cautela), de sentir que la miran, que la desean... y demás
sarta de cursilerías. Coincidimos además en que, los esposos se han convertido
en muy malos para la romanceada, porque, si de repente queremos darles un beso,
ellos ya están en la siguiente página (o bajándose los pantalones). Como que,
de vez en cuando, una quiere estar en la materia de "Besitos 101".
“Se antoja un faje. Un buen
caldeo que no termine.”
Sí, Lisa y yo pensamos igual. Y
sabemos que eso representa un peligro cuando se pasa de soñadora.
Así con esa conversación me fui a
la cama, pensando en todas aquellas veces en las que mi vida tenía muchos
capítulos con “manos en la oscuridad”, “miraditas en conciertos”, “besos en la
calle” o todas esas cosas que una "chica de bien" no se supone que
debe hacer (y que yo disfrute mucho haciendo).
Me soñé en mi uniforme de la
preparatoria. Soñé que estaba perdida en la ciudad pues, hacía mucho que no iba
a la preparatoria (casi 8 años) entonces ahora que retomaba el camino me
encontraba perdida y me preguntaba continuamente porqué regresaba como
estudiante, portando el uniforme y la mochila. Supe por un momento que me
encontraba soñando, pero me dije que, tal vez esto representaba una buena oportunidad
para hacer en mis sueños las cosas que ya no puedo hacer ahora.
Así que estaba en mi sueño y me
dirigía a la escuela. Mi falda, mi camisa y todo se sentía justo como antes.
Hasta la forma en la que el mundo me ve. En mi sueño, los personajes no veían a
la Señora que soy ahora (¡hiug!), ven a una jovencita de dieciséis (y ya saben lo
que en el colectivo lascivo de las personas esto representa).
Reconocí a un tipo de algún otro sueño
random anterior y me senté junto a él. Parecía agradable y me veía de la misma
manera que yo le confesé a Lisa que extrañaba que me miraran.
El tipo en mi sueño me besa.
Justo como quiero ser besada, con esta sensación de que un anzuelo pico en la
parte superior del estómago y lo jala hacia la garganta para desprenderte del
suelo de la misma fuerza que proyecta. Sé que estoy un sueño y que despertaré
en algún momento, pero lo que últimamente me encanta de mis sueños es que liberan
dopamina y adrenalina en cantidades suficientes como para estremecerme dormida,
o para dejarme pensando al respecto todo el día.
Yo sé quién soy. Yo sé que en
cuanto me despierte tendré a mi esposo ya mi hija y a mi vida de vuelta y me
siento terriblemente mal por estar besando a este tipejo que ni conozco. Lo
tomo por la cabeza y le suelto la verdad, que en cuanto despierte me espera
otra vida y que él no pertenece a ella. Y luego lo beso de nuevo, y le pido que
desaparezca, que se expulse de mi subconsciente.
Y luego, me voy a un salón de mi
preparatoria onírica a hacer un examen que no tenía letras, que ya sé que hice
alguna vez, del cual me sé todas las respuestas, pero que no logro recordar.
En la segunda parte de mi sueño viajo
en carretera, pasando por Nebraska, Utah y Wyoming. Hacemos una parada turística
en una granja de manzanas. “Las manzanas brotan de las flores” dice la guía
turística mientras yo tengo la resaca final del enamoramiento ficticio del que
tantas ganas tuve de forma consciente. Caigo entonces en la conclusión que
duele exactamente igual que uno real.